KIVA HAN fue la primera cafetería, abriendo en Constantinopla hacia el año de 1475, desde entonces han pasado 546 años o lo equivalente a 58 starbucks al año. Qué hace tan adictivo a este brebaje tan cuidadoso y lleno de rigor a la hora de prepar su ritual, qué varia dependiendo en qué parte del mundo te encuentres y que últimamente puedes encontrar uno en cada esquina.

Después de vivir encerrados en una pandemia, extrañamos salir a nuestros lugares preferidos, a mi, me tocó quedarme, y esto es lo qué aprendí de vivir al frente de una pandemia.

Mi primer cliente fue un joven asiático con bata de hospital. Comentándome sobre su paciente, muy atónitamente amable, entregué café negro con crema, y me retiré, lo qué conocía cómo un lugar cómodo, poco a poco se sintió invadido por un polémico enemigo invisible, cada vez más cerca de mi “safe zone”. Pero esa bebida de la cuál no podemos prescindir, qué es amable con todos y juzga a nadie, me dio ánimos de seguir, por aquel qué no puede, por aquel no está, por aquel qué quiere y no puede, la pandemia me enseñó solidaridad en un momento, en que asumo, me sentía vacía.

Y a ¿dónde voy con está triste historia?, la célula de la estructura social. Desde el inicio de las casas francesas, el café se vio cómo un lujo, hasta que fue tan abundante, que los “plebeyos” decidieron darle un cambio; de beber cerveza, a beber café, lo cual detonó, lo que ahora vemos, en la mayoría del arte.

El diálogo y la discusión.

Las cafeterías son la cuna máxima de las ideas, aquel que se acerca a una cafetería
inconscientemente está buscando la creatividad y validación de creencia que conlleva defender el ideal por el cual se lucha.

El café en su inicio en la época francesa, se armó de un gran estatus social… el cual solo ha ido en incremento en los últimos 300 años. Que hasta la fecha, se ha logrado mantener y digitalizar.

Entonces ¿Por qué amamos las cafeterías?

Porque son parte intrínseca de nuestra cultura, son nuestra segunda casa; donde salimos a intercambiar información, bibliotecas para unos donde se va a buscar paz, a leer, a susurrar.

Donde nos reunimos con el ser amado, dónde labios y espresso van marcados.

Los que esperamos que el tiempo vaya rápido, los que esperamos que el tiempo se detenga y disfrutar un poco más ese éxtasis aromático, que caerá con la temperatura al igual que el sol. Y a los que nos gusta sentarnos solos a observar.

Generaciones pasar, las familias crecer, los hijos mudarse, ver el ciclo de la vida del café, y del humano. Cómo un baile de la naturaleza, perfecto y sin necesidad de explicación cuando encuentras que la verdadera belleza reside en la observación. Si amas el ritual de tu cafetería, y tu tacita de amor diario es porque lleva más de 500 años en nuestro ADN.

He notado a través de la observación de Baristas, es que cuando más lo disfrutan, menos esfuerzo se ve, por ende, ese es el famoso baile del barista, su performance, a lo que debe de aspirar, cuando se le observa.

A ser impecable en su movimientos y recetas, limpio y rápido. Sonriente y obviamente, “encafeinadisimo”.

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