He sido una soñadora desde que tengo uso de razón. El primer sueño que recuerdo haber tenido de niña era el de hablar otro idioma. Me acuerdo perfectamente de mi caminando en círculos dentro de mi pequeña recámara con un metro de madera en la mano derecha, el cuál apoyaba como si fuera un bastón.
No tengo certeza de mi edad exacta, pero por la altura a la que el metro me llegaba (solo un poco debajo del hombro) y la casa donde vivía en ese entonces deduzco que tendría entre seis y siete años. Mientras caminaba dando vueltas en mi cuarto imaginaba que hablaba inglés ante un gran grupo de personas que me escuchaban atentas.
Por alguna razón me sentía realizada; años después cumpliría ese deseo durante mis experiencias profesionales y esa niña dentro de mí se sentiría orgullosa. En mis años de adolescencia deseaba conocer el mundo, pero la situación económica familiar no me había permitido ni siquiera subirme un avión. Pero seguí soñando, trabajando, esforzándome y orando sin cesar. Y así una vez más tuve la fortuna de conocer muchos países. En mi primer viaje internacional recuerdo que mientras despegaba el avión me decía a mí misma: ¡en verdad está sucediendo!, ¡gracias Dios!
Sin embargo, en este camino de cumplir sueños hubo muchos tropiezos. Temporadas donde el trabajo ideal no llegaba, donde gané mucho menos dinero que el promedio de mi generación, donde muchos criticaron mis sueños diciéndome que eran demasiado difíciles de cumplir. Segura estoy que la mayoría de ellos bien intencionados me presentaban la realidad desde su perspectiva para evitarme una desilusión. Pero ellos no sabían de mi socio mayoritario, el que hace posible lo imposible. Y así justo igual sucedió con este mi más reciente anhelo: publicar un libro a nivel nacional.
Encontrar una editorial que considerara mi manuscrito lo suficientemente atractivo como para invertir en él parecía imposible. Fueron años de trabajo, paciencia, esfuerzo y muchos “no” para encontrar un sí. Muchas veces oré por dirección y le pedí a Dios señales de sí esto era lo que él quería de mí. Y mientras nada parecía avanzar, mi libro seguía puliéndose y convirtiéndose en lo que es hoy.
Parecía imposible de lograr, una mujer común como yo, sin una carrera en literatura, sin contactos en una industria que está tan lejana geográficamente; sin un padrino o recursos económicos ilimitados. A pesar de todo pronóstico esta mujer de provincia sin miles de seguidores en redes y con poco tiempo en el medio recibe su oportunidad de oro y hoy mi libro GASP: Lista para la felicidad está llegando a las librerías más importantes del país.
Y tal cómo aquella joven que se subió al avión por primera vez hace muchos años llena de gratitud y emoción así estoy hoy escribiendo estas letras: feliz, expectante y más ilusionada que nunca. No sé qué me depara el destino, solo sé que Dios ha sido bueno y hoy querido lector me queda más claro que nunca que vale la pena soñar en grande aun cuando parezca que vas cuesta arriba, ya que si él va delante de ti todo es posible.

