Me eché 90 minutos de fila para recoger mis medicamentos en la farmacia del IMSS, en donde hace tres días había hecho 60 minutos de espera para que me dijeran que no tenían ninguno de mis medicamentos en la receta. Me llamaron y me dijeron que podía pasar a surtirla completa. Me aventuré a esa bonita travesía de escuchar quejas, vivencias y romances.

Con esto de los partos juveniles, en la larga fila había dos parejas muy enamorados, viviendo la miel de iniciar una familia y la fuerza que solo te da la juventud para soportar 90 minutos esperando embarazada en una fila. Ambas parejas se parecían mucho, jóvenes mexicanos ilusionados, confiados en que su bebé sea recibido en una modesta clínica del IMSS.

Se besaban, se acariciaban el rostro, reían y hasta carcajeaban. Prácticamente eran la alegría de la reunión. Porque hacer fila nos reúne. El burocrático proceso del IMSS es lo que nos une a la clase trabajadora. Entonces la señora alta y robusta que estaba a unas ocho personas de mi, pero que por momentos coincidíamos en contrasentido, me dijo “aváncele, dejé ese jueguito”. Solo reí y avancé. Pero la señora empezó a hablar en voz alta con todos y con nadie, se desahogó y claramente dijo “es que la gente ya no sabe hacer filas”. Me sorprendí tanto que deje de jugar el tetris de las frutitas.

La señora volteó para conectar y a su primera victima le dijo “¿usted cree? Una señora se molestó el mes pasado porque le dije a su hijo que avanzara” y remató “¿para qué mandan a sus chiquillos a hacer fila?”. La reflexión era más profunda de lo que parece, el incómodo silencio era prueba de ello.

Entonces, su mirada se volvió un gran dedo índice y dijo “y a estos, de tanto beso alguien se les va a meter en la fila… si las filas son para hacer fila, no para besarse”.

La verdad nunca antes había pensado algo tan radical, nadie antes le había dando tanta solemnidad a una fila, menos a la del IMSS.

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