Los 40 años que cumple Mario Bros lo celebro, lo gozo y me trae gratos recuerdos, como aquella primera vez que jugué el Mario Bros en el Atari, creo que fue mi tío Virgilio el que lo compró y lo jugué por horas, me aferré a avanzar en los niveles que me retaban y que me presionaban a mejorar mi relación ojo con la mano.

Mi tío al que le apodamos «Chino» con mucho cariño fue muy estricto y riguroso conmigo, me exigía buenas calificaciones y a cambio me compraba videojuegos. Recuerdo con mucha alegría cada partida con amigos que nos ayudábamos con trucos, secretos, con carrilla y con risas para superar a cada villano; salvo cuando llegó el primer Mario Kart a nuestras vidas, que aumentó la competitividad de nuestra relación.

La mayoría de los juegos de Mario nunca los terminé, el primero que realmente sí lo acabé fue el Super Mario World del Super Nintendo. Mario siempre ha sido divertido, es todo y me acompañó a muchos viajes. El Mario Land en el Game Boy compitió contra el Tetris. Tuve el Game Gear y sus colores no opacaron la aventura de Mario. Reconozco que la historia es tan absurda y básica como la película, pero es genuina y absurda que emociona y me permite desconectarme y relajarme, solo o con mi hermano David.

Empecé a trabajar desde los 12 años; mi mamá me llevaba a trabajar con ella en una lonchera que tuvo por muchos años. El trabajo físico, limpiar, servir, recoger, cobrar y lavar me hicieron prometerme que debía estudiar para que mi trabajo físico fuera menos que el intelectual.

Mario, fue como un salvavidas al regresar de trabajar desde sexto de primaria hasta el último semestre de la universidad. Llegar a casa, prender el Nintendo y desconectarme en el Reino Champiñón, siempre fue mi mejor terapia, encontré paz en la aventura. Mientras ayudaba a Mario a derrotar a Bowser; Mario me ayudaba a ordenar mis ideas, prioridades y problemas; esos momentos me ayudaron a desconectarme de la compleja realidad de la niñez, de la adolescencia, de la juventud y del inicio de la adultez.

Recuerdo vagamente el día que llegó a mis manos el NES, mi primer Nintendo. Su olor a nuevo, a cartón, pero unicel y electrónico aún lo puedo sentir. Me ayudó a conectarlo y jugamos el de los patos, me parecía increíble que una pistola tuviera interacción con la televisión.

Pero muy pronto me aburrió y llegó el turno del Super Mario Bros. Ese momento ya no tuvo vuelta atrás, me cambió la vida. Cada tarde me apuraba a hacer la tarea para encender el Nintendo y sin piedad, jugar hasta que oscureciera. Nunca terminé el juego; pero llegó el Súper Mario 2; los gráficos eran más complejos, más emocionantes, era más difícil pero más rico y me daba miedo la serpiente de muchas cabezas. Por esos años, en un canal de televisión descubrí el Super Mario Bros Super Show; todo cobró vida y sentido. Luego llegaron los juguetes de Mario en McDonalds, luego el legendario Mario 3 al que le dediqué horas y monedas; pues en unas vacaciones en el Distrito Federal, Alejandra Ruiz Guzmán, una de mis madrinas, me llevaba a un mercadito donde había una máquina arcade al que se le ponía una moneda y podías jugar Mario 3. Verdaderamente adoré la bota, la rana y al Tanooki.

El Super Mario World fue una locura, el personaje de Yoshi lo adoré al nivel que ese fue el nombre de mi perico, un pájaro que le regalaron a mi abuela y que no podía volar. La primera película en VHS llegó a casa, la rentamos pocas veces; me esforcé para que me gustara. Pero el Mario 64, aún lo escucho en mi mente, brota de la nada y musicaliza mis momentos de silencio, de estrés y de alegría, Mario está en todos lados.

El soundtrack de mi vida está a cargo de Koji Kondo, de U2 y de Gustavo Cerati, en ese estricto orden.

Felices 40 años Mario, felices 40 a todos los que nos une el Reino Champiñón.

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